Tienda de Teléfonos (burdo homenaje a Tienda de Muñecos)

Puedo decir cuándo, más no dónde se desarrolló este relato. Sus párrafos llegaron a mi poder a través de un correo no-reply de algún individuo torturado por la angustia del anonimato. Tampoco sé si fue producto de alguna campaña promocional de algún novedoso “teléfono inteligente”, ya que desconozco otra persona consciente de esta literatura dos punto cero. Ciertamente ahora solo funjo como mensajero. He aquí el texto inalterado:

Me disculpo de antemano por extenderme, en estos tiempos en donde todo se reduce a ciento cuarenta caracteres es fácil obviar detalles, que sólo por esta ocasión se los dejo a su imaginación.

Mi abuelo, Don Manuel, trajo el primer lote de teléfonos inalámbricos cuando apenas la aristocracia descubría el verdadero uso del aire acondicionado. Su éxito fue instantáneo, de tal manera que instauró un régimen de inventario sumamente extraño. Se resumía en no vender equipos que no estuviesen avalados por su compadre Pancho, quien era el primer ingeniero de telecomunicaciones del país; y cada equipo debía estar tan pulcro como las estaciones del nuevo subterráneo: un orgulloso reflejo de la pudiente democracia.

Don Manuel, visionario ejemplar, contrató a cinco “limpiadores de equipos” junto a veinte galones de lejía con lavanda y dos kilos de esponja (si, compraba por kilos); dos “ordenadores de equipos” se encargaban de clasificar por lote, modelo, marca, procedencia y aroma, donde éste último prelaba al resto porque determinaba el tiempo necesario para su trabajo de limpieza.

Nadie creería que su éxito se gestó en parte, gracias a esta metodología. Ahora que saben el origen del aroma a “equipo nuevo”, entenderán las razones que determinaron la escritura de este relato. Don Manuel sólo permitía a su esposa e hijos laborar en el mostrador, jactándose de la empresa familiar de la que todos hablan, mientras trabajaban sus duendes de trastienda que sólo veían la luz del sol los fines de semana, y se alimentaban de arroz con retazos de pollo.

Mi padre, Manuel Eduardo, se crió como vendedor en la tienda. Le gustaba pillar la expresión de los clientes cuando demostraba la veracidad de sus teléfonos sin cables. Por ello, su obsesión por la tienda trascendió hasta considerarla por encima de su hijo. Llegó, luego de un ataque de ansiedad en la época decembrina, a clasificar la mercancía por su estado de ánimo, bajo un estricto orden de jerarquía en donde los teléfono averiados se enviaban a Betulio, quien pasaba incansables jornadas arreglando los tantos aparatos chinos de mala calidad que terminaban siendo mejores que los alemanes o japoneses, los cuales terminaba vendiendo a tres veces su valor, alegando que eran teléfonos artesanales.

Cuando los limpiadores y ordenadores se enteraron del fallecimiento de Don Manuel por mi parte, entraron en un pequeño trance, me miraron con una tristeza profunda, pude ver varios ojos tiritando por las lágrimas enclaustradas. Se percibía una humedad tibia que entraba por los poros y ensuciaba la piel, sólo un pequeño aire acondicionado y un par de bombillos hacía habitable ese cuarto oscuro. Varios balbucearon unas palabras de condolencia, se persignaron y siguieron con su trabajo. Me entró una tristeza tan grande que les dí el día libre, ni se inmutaron y trabajaron cuatro horas extra. Pienso que les entró el miedo de perder el único trabajo que habían conocido durante su vida. Ahí entendí por qué nunca entramos al mercado de los teléfonos inteligentes.

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